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¿DÓNDE ESTÁN LOS PROFETAS? REPÚBLICA DOMINICANA, ¡DESPIERTA!


Hay momentos en la historia de los pueblos en que el silencio puede llegar a ser más peligroso que los gritos. Hoy muchos dominicanos se preguntan: ¿dónde están los profetas? ¿Dónde están los hombres y mujeres capaces de levantar la voz por quienes no tienen voz?

Nuestra historia reciente nos recuerda que la Iglesia dominicana no siempre permaneció en silencio frente al sufrimiento del pueblo. En 1960, en plena dictadura de Rafael Leónidas Trujillo, los seis obispos de entonces —Ricardo Pittini, Octavio Beras, Hugo Eduardo Polanco, Francisco Panal, Juan Félix Pepén y Tomás F. Reilly— firmaron la histórica Carta Pastoral del 25 de enero, que fue leída en las iglesias del país y denunció el dolor que vivían numerosas familias dominicanas.

Allí estuvieron Mons. Francisco Panal, desde La Vega, enfrentando con valentía los atropellos del régimen; Mons. Tomás Francisco Reilly, pastor de San Juan de la Maguana, comprometido con su pueblo; y Mons. Juan Félix Pepén, obispo de La Altagracia, vinculado de manera decisiva a la gestación de aquella histórica Carta Pastoral.

Aquellos hombres entendieron que la misión de un pastor no consiste únicamente en cuidar el culto, sino también en defender la dignidad de las personas cuando esa dignidad es pisoteada.

Por eso hoy surge una pregunta dolorosa: ¿qué ha pasado con las plumas proféticas de nuestra Iglesia? ¿Qué ha pasado con las voces capaces de decir la verdad cuando decirla cuesta?

No estamos diciendo que vivamos bajo la misma dictadura de Trujillo. Nuestra realidad histórica es diferente. Pero sí podemos preguntarnos si estamos construyendo una especie de “dictadura pacífica”, donde el pueblo termina anestesiado por el entretenimiento, el ruido, los espectáculos y las distracciones, mientras los problemas fundamentales permanecen.

La canasta familiar golpea a las familias. Los combustibles alcanzan precios que hacen cada vez más difícil la vida cotidiana. Los medicamentos pesan sobre los hogares. La educación todavía enfrenta grandes desafíos de calidad. Muchos jóvenes buscan oportunidades de empleo que no encuentran. Los apagones siguen siendo una preocupación. La corrupción continúa siendo una herida social. Los recursos naturales sufren. Y una cultura del ruido parece haberse convertido, en ocasiones, en una forma de impedir que podamos escucharnos y pensar.

¿Quién habla por los que no pueden hablar?

¿Quién defiende al campesino, al trabajador, al joven sin oportunidades, a la madre que no alcanza a comprar los alimentos, al enfermo que no puede costear sus medicamentos, al ciudadano que siente que nadie lo escucha?

No necesitamos violencia. No necesitamos odio. Necesitamos conciencia. Necesitamos ciudadanía. Necesitamos líderes con principios. Necesitamos profetas.

Y también necesitamos una Iglesia que, siguiendo el Evangelio, tenga el valor de anunciar la verdad, defender la dignidad humana y acompañar a los que sufren. La propia memoria de la Carta Pastoral de 1960 nos recuerda que la Iglesia puede ejercer una misión profética sin convertirse en partido político: poniéndose del lado de la verdad, de la justicia y de los pobres.

¡Oh Señor, despierta a la República Dominicana!

Mándanos hombres y mujeres líderes de verdad. Despierta nuestras conciencias. Líbranos de la indiferencia, de la anestesia y del conformismo. Haz surgir pastores que no tengan miedo de decir la verdad con caridad, pero también con firmeza.

Levántate, República Dominicana. Despierta. Ya está bueno de tanto atropello.

Que no terminemos muriendo lentamente en el silencio aterrador del mal, mientras contemplamos indiferentes cómo se deteriora la vida de nuestro pueblo.

¡Basta ya! No al odio, no a la violencia, no a la indiferencia. Sí a la verdad, sí a la justicia, sí a la dignidad humana y sí a una República Dominicana despierta.

Señor, todo está en tus manos. Pero también pon en nuestras manos el valor de cambiar aquello que nosotros mismos podemos.

Autor: Anónimo

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