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CUANDO EL FUEGO ARRASA AL PAÍS DE LA MARIHUANA


Bajo el rojo intenso del sol, el paisaje es desolador: kilómetros de árboles calcinados y una gigantesca columna de humo al fondo. En la zona donde aún arde el mayor incendio de la historia de California la única señal de vida es el verde de las plantas de marihuana.


Nada más bajar del vehículo, frente a un solitario cartel en el que se publicita un “abogado del cáñamo”, el primer golpe de aire que azota al recién llegado resulta de lo más descolocador: el potente aroma de la marihuana se mezcla con el humo del fuego y crea una combinación explosiva.

El panorama es fantasmagórico: no se oye un alma, sólo el fuerte viento que empuja las llamas y que balancea las hojas y los cogollos de cannabis por encima de las altas vallas de madera que protegen las plantaciones, cubiertas a su vez de señales de “Propiedad privada. Prohibido el paso”, “Zona Videovigilada” y “Atención, perro agresivo”.

DEL PAÍS DEL VINO AL PAÍS DEL CÁÑAMO

Cada vez que llega la temporada de incendios al oeste estadounidense, sus efectos en los viñedos copan titulares. La vinicultura es el ojito derecho de la industria turística californiana y los condados de Napa y Sonoma se promocionan como el país del vino.

Pero desde que la marihuana para usos recreativos pasó a ser legal en 2018, otro nuevo país ha emergido a su sombra, apenas unos kilómetros al norte de la región vinícola: el del cáñamo, con enormes plantaciones que se extienden en sus interminables colinas y que ahora se ven amenazadas por el fuego.

“No estoy nada contento. Las he dejado ahí, sin protección. Honestamente, lo que más me preocupa no es el incendio, sino lo que las personas puedan hacer. Ladrones, aprovechados… ya sabes, hay gente muy mala”, cuenta a Efe Sam, propietario de una pequeña plantación en la zona de Post Mountain.

UNA ZONA AISLADA Y DE DIFÍCIL ACCESO

Sam, que aunque tiene un negocio ahora perfectamente legal prefiere que no se le identifique con el apellido, atiende a Efe mientras descansa tumbado en una silla plegable en un área para evacuados de Hayfork, un pueblo media hora al norte de sus cultivos en las colinas de Post Mountain, donde permanece desde que le forzaron a marcharse el domingo.

Post Mountain no es ni tan siquiera un pueblo, sino una serie de casas aisladas y terrenos cultivados en medio de colinas, de muy difícil acceso y conectados por una red de empinados caminos rurales sin asfaltar, poco mantenidos y por los que resulta difícil circular sin un vehículo todo terreno.

Sus residentes, en su mayoría jóvenes y con presencia de muchos inmigrantes del sureste asiático, se resistieron a cumplir las órdenes de evacuación hasta el último minuto, precisamente por la misma preocupación que expresa Sam: la seguridad de sus cultivos frente a posibles ladrones.

SE DISPARAN LOS ROBOS EN ZONAS EVACUADAS

Los temores no son infundados, puesto que este año, en que California está viviendo la peor temporada de incendios jamás registrada en el estado, se han disparado también los casos de robos en zonas evacuadas, tanto en hogares como en cultivos e incluso en vehículos de los bomberos.

Y eso que las medidas de seguridad son de lo más estrictas: el acceso a la zona está prohibido y dos controles de seguridad impiden a cualquiera adentrarse en ella por la única carretera que la cruza, con excepciones para personal de emergencias, seguridad y prensa.

El fuego del Complejo de August, el que está afectando al país del cáñamo, lleva activo desde hace un mes y medio, cuando se inició por la caída de un rayo, y desde entonces ha crecido imparable hasta convertirse en el mayor incendio de la historia de California, con 379.612 hectáreas quemadas.

“No sé cuándo podré volver ni cómo encontraré mi plantación. Esto es horrible. ¡Es cómo me gano la vida!”, lamenta Sam, quien abandona su silla plegable y se despide de Efe para ir a usar uno de los baños portátiles habilitados en el campamento para evacuados.




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