La proliferación de bancas de apuestas, "colmadones" e iglesias evangélicas ha minado los barrios marginados de la República Dominicana, convirtiéndose en un indicador de pobreza allí donde estos tres factores abundan. Por el contrario, los sectores más urbanizados no suelen presentar esta saturación de bancas e iglesias protestantes.
El financiamiento es vital. En el pasado, muchas iglesias funcionaban bajo el modelo de ONG, recibiendo cuantiosos fondos provenientes de Estados Unidos y del gobierno local, lo que las convertía en un negocio redondo. Generalmente, operaban como empresas familiares: el pastor y su familia residían en el segundo nivel del templo y se sustentaban con los diezmos y ofrendas. Al registrarse como ONG, obtenían recursos para su subsistencia, pago de servicios, alquileres, salarios y vehículos. En aquel entonces, fundar una iglesia era una inversión rentable gracias a las subvenciones extranjeras y estatales.
Sin embargo, hoy la realidad es distinta. Las iglesias evangélicas enfrentan su mayor crisis: los fondos gubernamentales y las subvenciones estadounidenses han disminuido drásticamente, y las ofrendas de los fieles ya no son tan cuantiosas. Como avispas de mar que se dividen para formar nuevos enjambres, donde a principios de siglo había una sola iglesia, hoy existen más de veinte. El pastel ya no alcanza para todos.
Si bien es cierto que el número de fieles ha crecido, su diseminación entre miles de congregaciones vuelve insostenible el sistema en los sectores marginados. En promedio, una iglesia evangélica dominicana cuenta con apenas entre veinte y veinticinco feligreses. Muchas operan en marquesinas, garajes o casuchas de madera en locales alquilados.
Una minoría posee templos amplios, pero estos suelen estar diseñados más como salones de belleza o discotecas que como recintos sagrados. Con decoraciones en sheetrock, luces LED, tarimas y salas de teatro, la música y la danza han desplazado, en muchos casos, la predicación del Evangelio. Incluso en el ámbito digital, hoy abundan más "pastores" haciendo contenido en TikTok que difundiendo la doctrina.
Los diezmos ya no bastan. Con la disminución de las remesas y los altos costos de los servicios, muchos pastores se ven obligados a buscar alternativas laborales; vivir "del altar" ya no es un negocio.
Aunque sus ruidos son constantes y los altoparlantes suenan con un volumen cada vez más alto, en términos demográficos reales, su impacto es relativo. Una pequeña parroquia católica de cualquier sector puede albergar en una sola misa lo que decenas de iglesias evangélicas agrupan en total.
Estudios recientes sugieren un fenómeno interesante: evidenciado que el número de los católicos crece vertiginosamente en el mundo. Pasando de un 16.8% a un 17.9% de la población mundial. mientras que en la década pasada muchos jóvenes se sintieron atraídos por la música sensorial y los ritmos evangélicos —que a menudo funcionan como un anzuelo emocional, la Generación Z parece estar buscando algo distinto. Al cansarse de ambientes que parecen más una "nochevela" o un concierto que una iglesia, muchos jóvenes están regresando al catolicismo tradicional.
Este retorno se basa en la búsqueda de la "sana doctrina" y la auténtica tradición. Son millares los cristianos que vuelven a la Iglesia Católica porque, tras salir de casa buscando novedades, descubrieron que lo que necesitaban siempre estuvo allí. Pese a las críticas, la Iglesia Católica permanece firme en su misión, reafirmando la promesa de que ni el poder del Hades podrá destruirla.

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