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¿TRASLADAR ACTIVIDADES AL EXTERIOR? EL DEPORTE VA UN SIGLO POR DELANTE




Madrid .- La conveniencia de trasladar actividades al exterior para evitar el contagio de la COVID-19 por aerosoles, según la comunidad científica una de las principales vías de transmisión de la enfermedad, tiene un aliado en el deporte: prácticamente todas las disciplinas nacieron y pueden disputarse al aire libre sin perjuicio para la competición.

¿Una idea para los organizadores de futuros torneos si la pandemia tarda en desaparecer? Ya han surgido las primeras iniciativas, como la que emprendió la semana pasada la Federación Búlgara de Taekwondo, un deporte que se disputa bajo techo pero que está dispuesto a adaptarse: se programó el regreso a la actividad con una competición al aire libre en un estadio de atletismo de Sofía, porque «la filosofía de las artes marciales enseña a superar los obstáculos, no a detenerse ante ellos», indicaron los organizadores.

Por desgracia, el mal tiempo arruinó el intento y al final los competidores tuvieron que guarecerse en un recinto cerrado. Pero el boceto ya estaba trazado.

El reto que plantea la crisis sanitaria es menos grave para los deportes que se desarrollan con atletas y público a cielo abierto, como el piragüismo, el triatlón, el esquí, el fútbol, la vela o el ciclismo en ruta. Han estado, de hecho, entre los primeros en retomar la actividad.

Según las últimas investigaciones, aún pendientes de validar por todos los organismos reguladores, en el caso de la COVID-19 los virus en aerosol pueden permanecer suspendidos en el aire incluso durante horas y ser inhalados en ese periodo por quienes están alrededor de una persona contagiada. Una buena ventilación, por tanto, es decisiva para disminuir el riesgo. Las aulas, conferencias, conciertos y restaurantes al aire libre parecen la mejor opción.

Deportes como el atletismo, la natación o el tenis, que ya distinguen entre sus temporadas ‘indoor’ y ‘outdoor’, serían los que tendrían más fácil el cambio en caso de que, para evitar el contagio de enfermedades en instalaciones cerradas, tuvieran que desarrollarse siempre, o preferentemente, en el exterior. La disputa en este mes de octubre de partidos de Roland Garros a una temperatura de 10º C demuestra la capacidad de adaptación casi ilimitada de los deportistas a cualquier circunstancia.

Pero la historia olímpica recuerda que modalidades que hoy se programan invariablemente en pabellones techados, como la gimnasia, el baloncesto o la halterofilia, fueron en algún momento competiciones al aire libre.

Las competiciones olímpicas de gimnasia solo se celebran bajo techo desde los Juegos de Londres 1948. Entre 1896 y 1932 se disputaron en el estadio olímpico, salvo en París 1900, cuando el escenario fue el velódromo de Vincennes, también a pleno sol. En Berlín 1936 la sede de la gimnasia fue el anfiteatro al aire libre Dietrich Eckart.

Fue también en Berlín donde debutaron como deportes olímpicos el balonmano y el baloncesto y ambos lo hicieron… ‘im Freien’. El balonmano, con la final en el Estadio Olímpico. Y el baloncesto, sobre la arcilla de una pista de tenis. El día del partido por el oro llovió tanto que el suelo se embarró y el juego se hizo casi imposible. El marcador, Estados Unidos 19 – Canadá 8, es resultado de aquellas circunstancias.

En esas mismas pistas de tenis se celebró la competición de esgrima, también en su última aparición a cielo descubierto antes de que los tiradores se encerrasen definitivamente en pabellones.

En la primera edición de los Juegos el impresionante estadio Panathinaiko sirvió como sede no solo para el atletismo y la gimnasia, sino también para la lucha y la halterofilia. Los levantadores de pesas compiten en recintos cerrados desde 1924, pero los luchadores tuvieron que esperar varias décadas, tras pasar por escenarios abiertos tan sorprendentes como el zoo de Amberes en 1920 o la Basílica de Majencio en Roma, en 1960.

También en un ring instalado en el zoológico de la ciudad belga se disputaron, hace ahora un siglo, las pruebas de boxeo.

El ciclismo en pista es un deporte olímpico bajo techo solo desde los Juegos de Sídney 2000. El velódromo de Horta, en Barcelona’92, y la instalación temporal de Atlanta’96 fueron los últimos escenarios al aire libre para los ‘pistards’, que antes habían competido también en varios estadios olímpicos.

Entre los deportes de invierno, todos los de hielo que actualmente se disputan en recintos cerrados alguna vez lo hicieron en exteriores.

El patinaje artístico fue por última vez al aire libre en los Juegos de Cortina d’Ampezzo en 1956; el hockey sobre hielo ‘salió y entró’ de distintas instalaciones hasta que en Innsbruck 1964 se convirtió para siempre en deporte bajo techo; el patinaje de velocidad aún se disputó en instalación abierta en Albertville 1992; y el curling debutó como deporte olímpico en Chamonix 1924 al aire libre y regresó al programa en Nagano 1998 ya a resguardo de las inclemencias.

La línea emprendida por el COI en los últimos años respecto a la admisión en el programa olímpico de los llamados ‘deportes de calle’ y ‘de naturaleza’, como el ‘skateboard’, el ‘break’, el 3×3 o el surf, así como el auge de los Juegos de Playa a escala continental y mundial refrendan la fortaleza del deporte para sobrevivir en el entorno de una pandemia, adaptado a las nuevas circunstancias y, a menudo, mirando a sus orígenes.

Mientras los organizadores de Tokio 2020 y el COI debaten sobre la conveniencia de abrir al público (¿a cuánto público? ¿solo al local?) las competiciones del próximo año, y a la espera de la cura o la vacuna para la COVID-19, las competiciones al aire libre van un paso por delante. El techo retráctil cotiza al alza.

Natalia Arriaga




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